sábado, 14 de septiembre de 2013

Ivonne




            -Sé que esperas más que poemas- dije con la mirada fija sobre su rostro, me miró en silencio y no mencionó nada. Poco a poco nos acercábamos a lo que sabíamos que un día iba a pasar. Ivonne realmente estaba cansada, se quedó dormida de golpe y no  pareció importarle mucho lo que le decía. Esperaba que a la mañana siguiente ya hubiese olvidado todo. Cuando me levanté, ella ya se había ido. Dejó el desayuno sobre el comedor y la cafetera enchufada. Miré el reloj: eran las ocho y media. Sobre la mesa se encontraba una hoja de papel escrita a mano:
            “Son las dos de la mañana, se supone que deba estar durmiendo. En su lugar te escribo en esta hoja lo que nunca me he atrevido a decirte. Si no te importo, tomarás la carta y la arrojarás a la basura sin siquiera leerla.
             A lo largo de estos ocho meses he intentado ser la mujer que esperas. Esta vez no tengo intenciones de ser yo quien huya. No soy lo que buscas, lo que quieres, lo que anhelas… Soy mucho menos que eso. Me duele en silencio cuando llegas a casa y veo que la llevas impregnada en ti: en tu piel, en tu cabello, en tu abrigo, en tu mirada, en tu perfume, en tu sonrisa; la llevas en cada pedazo de ti. Trato de obviarlo y recordar aquellos días de marzo en que ninguno de los dos estaba cansado del otro, en que solo sentarnos a tomar una taza de té, juntos, nos hacía felices. Pero de eso se tratan los recuerdos, de sentir un golpe en el pecho y un vacío en el estómago.
            No puedo eludir la necesidad de despertar cada mañana a tu lado, de prepararte el desayuno, de descansar sobre tu regazo, de comprarte libros, de llevarte de la mano a caminar sin rumbo, de conversar contigo… Necesito a alguien que sepa servir el café (ya sabes lo torpe que soy), que me vea, me bese y sonría, que no le importe qué ropa llevo puesta porque va a arrebatármela. Extraño ser tu motivo para escribir todas las noches antes de dormir, cuando me dedicabas poemas en vez de la luna. No quiero arroparme con la soledad y abrazar a la almohada. He sido capaz de aguantar tus cambios de humor (que no es nada fácil), de esperarte hasta tarde despierta, de arrancarte los miedos…
            ¿Recuerdas cuando nos fumábamos los instantes o cuando nos mirábamos y hablábamos en silencio? No deseo que te quedes atrapado en el tiempo, ni que seas solo un amargo bocadillo. Sabes muy bien que no soy una mujer de muchas palabras y en estas me estoy excediendo. ¿Ves lo qué causas?
Sé que en este momento solo debería odiarte, pero no puedo (lo he intentado)”.
            Al leer sus palabras me entró un aire en la boca del estómago y los recuerdos volaron en mi mente. Pude comprender que la amaba y me había enamorado, sin importar cómo. Solo sentía la necesidad de salir corriendo a buscarla y decirle lo que sentía. Comencé a sospechar que la había perdido, pero para perderla primero tenía que ganarla.
            Sabía exactamente donde podía estar, la conocía muy bien. Conocía sus caprichos, debilidades, gustos, disgustos, vestidos, películas y comidas favoritas, estados de ánimo y los lugares adonde iba cuando se sentía sola.
            Sin pensarlo dos veces, tomé las llaves y el abrigo. Caminando lo más rápido que pude, me dirigí a un pequeño café ubicado en el centro de la ciudad. Me quedé parado en frente del local viéndola a través de la gran ventana de cristal: estaba sentada sola en una de las mesas cercanas a la entrada, con la mirada baja en uno de sus libros preferidos, con una taza llena de té negro con limón (supongo, porque es lo que siempre le gustaba tomar cuando iba a ese sitio a encontrarse con ella misma), su largo cabello castaño le cubría el rostro de un lado por lo que imaginé que estuvo llorando. Irrumpí a su paz, la tomé por un brazo y la levanté de la silla. Me miró anonadada, esperando una explicación; solo pude decir:
-No puedo vivir sin ti, Ivonne. Eres todo lo que buscaba desde hace tiempo, aunque creas que no es así. Me pude percatar que todo lo que ha sucedido ha sido un grave error. No quiero perderte, quiero ganarte de nuevo- Una sonrisa se asomaba en su rostro, la besé de golpe. No fue cualquier beso, fue uno de esos que te llegan hasta al alma, que te hacen comprender que de verdad amas.
            Toda la gente a nuestro alrededor nos observaba como quien ve el final de una novela en televisión, eché a reír.

domingo, 11 de agosto de 2013

"November Rain"

Mueve mucho su cabellera, no la entiendo. No sé cómo lo hace, pero lee libros de quinientas páginas en tres días. Su mirada tiene el café necesario para desvelarme todas las noches cantándole hasta que se duerma, mientras que sus labios siguen siendo el desayuno perfecto. Me encanta cuando solo lleva puesta mi remera vieja de Nirvana y su labial rojo, comienza a coquetearme y no puedo resistirme. La tengo impregnada en la piel, en las ojeras, en el cabello, en la mirada, en la ropa, en el desvelo y en el amanecer. Ella es un completo misterio.

Lo único que quiero es tomarla de la mano y aventurar en la ciudad: caminar esos rincones inhóspitos hasta arrancar la historia calada en el cemento.

No deseo hacer cosas comunes con ella, a una mujer así hay que sorprenderla, invitarla a vagar en lo más olvidado de su mente. Anhelo mostrarle mi mundo. Tal vez la lleve a París, a Londres o a Praga y le haga el amor, salvajemente contra la pared de la habitación de algún hotel, al ritmo de November Rain para que su sonrisa no solo quede atrapada en las sábanas de mi cama.


"Cause nothing lasts forever
And we both know hearts can change
And it's hard to hold a candle
In the cold November rain
We've been through this such a long, long time
Just trying to kill the pain
But lovers always come and lovers always go
And no one's really sure who's letting go today
Walking away"


Cada mañana, mientras abro la persiana, recuerdo cuando tropezamos sonrisas en aquella calle transitada de Ámsterdam. Supuse que no la volvería a ver ya que de tantos habitantes la posibilidad era muy remota, pero el destino se encargó de encontrarnos nuevamente. Esta vez ella se acercó a pedirme un yesquero, encendió su cigarrillo y al son de la banda presente en tarima, en el festival de música y arte Woodstock en Polonia, tarareó la canción y se presentó:

-Un placer, Emma.

Ese ha sido el único momento en el cual sentí que el tiempo se detuvo, y pude comprender que las casualidades no existen.

martes, 19 de marzo de 2013

Miedo a despertar

                Me quedaré contigo hasta que duermas y al despertar en la mañana verás que no hay nada a qué temer –mencionó con tono sobreprotector, como un papá a su hija.
                Te equivocas – dije con voz entrecortada- a lo único que temo es que me despierte en la mañana y no estés a mi lado, que te hayas ido para siempre- Presioné mi cabeza contra mis rodillas, él no sabía qué hacer o qué decirme. Sólo me abrazó fuertemente, logrando que ese silencio junto con su cuerpo dijeran lo que necesitaba saber.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Crack

Dispara – me dijo.
                Yo no lo pensé dos veces y jalé el gatillo sin que me temblara el pulso, un disparo directo a la cien. No es por presumir, pero me veo provocativa con un revólver entre mis manos.
Hay amores que matan, el crack por ejemplo.
                Siempre he dicho que el amor y el odio van de la mano, tanto así que puede llegar a hacerte cometer locuras (o quizás más si están combinadas con adrenalina adrenalina fumada)
                No soporté verte encontrarte en la misma habitación, con otro cuerpo desnudo haciéndole casi lo mismo que al mío (tal vez hasta mejor)
….
                Lástima que desperté y aún seguías a mi lado con las sábanas enredadas entre las piernas… La mayor locura que he llegado a cometer es perdonarte después de todo, seguirte amando hasta con sobredosis de dopamina.

jueves, 7 de febrero de 2013

Carta para una desconocida


Querida Janice:

            Te escribo hoy, un 7 de marzo como cualquier otro, y mientras lo hago pienso en cómo sería volver a jugar con tu cabellera rojiza ondulada.
             Con estas palabras no pretendo que me respondas ni mucho menos que vuelvas, pero sí que recuerdes una historia. Una historia que comenzó con dos jóvenes llenos de casualidades e intenciones.
            Por cierto, ayer me paseaba por el parque –aquel al que íbamos todos los jueves por la tarde- y te vi a lo lejos sentada, observando al resto de las personas –como esperándome, buscándome entre la muchedumbre-. Han pasado ya dos largos meses tan largos que parecen años que no visitaba ese parque, realmente me sorprendió hallarte allí. En tu mirada había cierta esperanza de encontrarme; pasado un rato comenzaron a correr lágrimas por tus mejillas y te inclinaste hacia delante posando tu rostro entre tus piernas. No sé qué recuerdo vino a tu mente que te provocó tal nostalgia, pero luego hurgaste en tu cartera y sacaste una foto (no soy tan acosador para saber cuál de todas las que nos llegamos a tomar era).
            Ahora sé que me extrañas.
            ¿Recuerdas cuándo se enredaban nuestras caderas?  ¿Y tu sonrisa explotaba de placer? ¿Cuándo recorría tu piel blanca con  mis dedos y contaba tus lunares con mi boca? Sé muy bien que lo recuerdas.
            Noches salvajes desordenando la cama y remojándonos en la ducha. (Y te hacía el amor con palabras)
            Sin embargo, no fue solo placer. Fueron las sonrisas entre besos, despertar juntos cada mañana, preparar el desayuno y hasta quemar la estufa, pelear por lo hermosa que te veías en aquel vestido púrpura que no te gustaba y aun así usabas seguido, el labial rojo pasión que delineaba tus labios, las canciones de Nirvana que versionábamos, tu voz sólo tu voz lograba que mi corazón se acelerara y latiera más lento al mismo tiempo, el cannabis interfiriendo en nuestras neuronas, tu perfume Chanel que compraste en el primer viaje a París que realizamos juntos, tu desorden, tu imperfección, tus grandes ojos café, tus pecas, tu caminar, pero sobre todo lo que éramos cuando estábamos juntos.
            No fue un amor de película, por el contrario, fue el tras cámaras.
¿Nos aburrimos, quizás? ¿Nos comenzamos a fijar en otras personas? No lo sé, pero no soporto más pensarte tanto, revivirte en cada esquina de la habitación, ver tu rostro en cada persona que transita la conglomerada Av. Principal. Por eso, desde el momento que termines de leer esta carta serás  para mí  una total y completa desconocida.

Porque pongo punto y final a esta historia.

Att: El siempre amor de tu vida (Diego Cavalcanti‎)

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Ágata no tiene quién le escriba

                Ayer fui a comprar un gato –blanco- tan elegante como aquel vestido negro que tengo colgado en el armario ¿Por qué blanco? Respuesta fácil, para muchos el mundo es color rosa ¿Para mí? Bueno, para mí es tan blanco como los primeros copos de nieves que caen al principio del  invierno –sí, blanco porque no hay color que defina-. Entré a la tienda y ese pequeño minino me miró con ojos quebradizos, sabía que era él a quien quería como compañía en mis veladas y en la mañana observara sigilosamente como bebo la taza de café.  
                Mi mala suerte comienza cuando apenas pongo un pie en la calle y mi mirada siempre va directo a parejas que se están besando, tomando de la mano o abrazando. Pero ya estoy acostumbrada. No es más que una cólera momentánea porque ellos sean felices.
                Hoy estuve pensando, una mujer puede tener muchos hombres detrás de ella que le prometen la luna y el cielo pero no tiene por qué sentirse deseada o querida. Su mente y corazón estará en ese nombre innombrable, aplica para mí.
                Imperecederamente esperamos que el otro nos ame de la forma que imaginamos, creamos un mundo de fantasías: una utopía, y cuando la realidad te hace pisar la tierra y bajar de la nube duele, duele como caída libre en un pozo sin fondo. La historia que se comenzaba a escribir se borra, queda sólo un libro con páginas en blanco para ser llenado nuevamente y repetir el círculo vicioso.
                No espero que vuelvas, ni que me busques. Tampoco pretendo involucrar a alguien más en mi aquejada vida y arrastrarlo a ella. Sólo compré un gato blanco para no sentirme sola e incomprendida, porque todos necesitamos de vez en cuando un poco de compañía así sea sólo la de un animal.
                Porque desde que tú no estás, Ágata no tiene quién le escriba.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Dignidad de mujer

Alguna vez escuché de tu boca
“Las palabras son como un dardo”
Frase que retumba en mi cabeza mientras leo tu carta. Aquella carta que dejaste fríamente sobre la mesa un 20 de noviembre hace ya un año y tres meses. Pues sí, tenías razón, las palabras son como un dardo cargado de veneno, porque nada es más doloroso que una verdad expresada de tal forma. Ojalá fuese real eso de que “las palabras se las lleva el viento”, pero no es así…
El final de la carta comienza con estas líneas:
“Lo más probable es que me odies después de esto, pero tengo motivos que no entenderías”.
¿Odiarte? Sí, te amo y te odio al mismo tiempo…
¿No entender? ¿Acaso no llegué a leerte hasta los pensamientos?
“No sé cómo explicarte lo mucho que…”
Una mancha de café cubre las últimas cuatro líneas y todavía no he logrado descifrarlas –quizá lo hiciste adrede o fue sólo descuido-.
Sí, te marchaste esa mañana dejando tu ropa y tu perfume colgados en el armario que no se desprenden de ahí.
Justo hoy –sí, soy muy masoquista y lo sabes- decidí visitar aquella cafetería escondida en un bulevar de la Av. Principal donde nos conocimos de la manera más perfectamente ridícula que dos personas se pueden conocer y te vi, te vi sentado en la última mesa –como quien no quiere ser visto- En ese instante se me quebró la razón que caía junto con mi dignidad de mujer al piso. Después de un año y tres meses pude comprender, trágicamente, el porqué te marchaste así sin más.

Hoy te vi besando al que sería nuestro padrino de boda.