Tal vez a lo que llamábamos amarnos era sólo la confusión de la costumbre. Sí, una costumbre atrapante que al final nos agobió. Nos agobió el hecho de la rutina, empezando porque todas las mañanas al despertarnos me mirabas a los ojos y decías con ese peculiar acento italiano:
“Buongiorno principessa”
(acompañado de un beso en la frente)
Logrando sacarme la sonrisa más tonta. Luego al levantarte de la cama preparabas café, un café marrón con bastante espuma y azúcar (de esos que me gustan y tú lo sabes muy bien), cortabas unas tres o cuatro rodajas de pan y juntabas jalea de mora o fresa. Era el desayuno “vómito caleidoscópico”, así lo llamaste ¿La razón? No la sé, nunca quisiste contármela decías que era mejor mantener el misterio. Jugando como niños me hacías correr por toda la casa para llegar a la ducha primero pero siempre llegabas tú antes, enunciando: “Si quieres llegar temprano al trabajo tendrás que ingresar conmigo a la ducha” (al mismo tiempo que con tus manos tentadoras me despojabas de la blusa que cargaba puesta, desabrochando botón por botón lenta y delicadamente) por supuesto yo no podía resistirme, era tal cual como un momento de película, de esas que hasta pueden estar censuradas (sí, censuradas) e igual terminaba llegando tarde por entretenerme allá a dentro contigo. Tenías el capricho de seleccionar la ropa la noche anterior, situación que me hacía sentir a mí como al hombre, tomando lo primero que encontrara en el armario. Rememoro que te comenté: “A veces siento que tú estás mejor vestido que yo”, a lo que respondiste con suma franqueza: “créeme que te ves mucho mejor sin ropa, así que realmente no me importa lo que lleves puesto porque en cuanto pueda te lo quitaré”.
(Era tan perfecto que aburría)
Pero, tarde nos dimos cuenta de que eso no era felicidad (es algo más ¿no?); comportarnos de manera pueril no nos haría más bienaventurados ¿o sí? Sin embargo, había una necesidad más allá de peinarnos, despeinarnos y volvernos a peinar, de dormir en la misma habitación, sobre la misma almohada, arropados con la misma sábana, de dejar la ropa tirada en el piso o sobre la alfombra, de mirarnos en el espejo y no encontrar algo más que nosotros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario