sábado, 25 de agosto de 2012

Tres y quince de la tarde: La hora muerta

Iba caminando descalza por el parque, llevaba en la mano esos tacones rojos (que tanto te gustaban). Sentía la grama y la tierra húmeda en cada pisada cuando un niño pasó corriendo a mi lado y por poco lo tropecé, se quedó mirándome  con esos ojos peculiares de infancia. Continué caminando y encontré a mi paso un hormiguero, las hormigas se movían desesperadamente porque estuve a punto de destruirles su hogar con mi pie desnudo  (por mi despiste). Miré hacia arriba queriendo observar el cielo, pero no hallé más que el azul celeste impregnado de radiación solar, bajé rápidamente la cabeza parpadeando una y otra vez para sacar lo encandilado de mi vista; divisé a los aledaños y logré comprender que es increíble todo lo que puede suceder en un mismo lugar, al mismo tiempo.
¿Nunca lo habías pensado?
Una mujer corre detrás de su hijo, el cual  va persiguiendo a su mascota, mientras que dos jóvenes enamorados con éxtasis de hormonas se besan sobre el mantel de un picnic, cinco universitarios sentados en círculo comparten un club de lectura sobre “Orgullo y prejuicio”, un hombre en solitario duerme bajo la sombra de aquel viejo árbol, una anciana le compra un helado a su nieto para que éste deje de llorar, y en ese preciso instante
(Con tu nombre en mi mente, pensándote)
Miré el reloj sujeto en mi muñeca que marcaba las
Tres y quince de la tarde.
 Subí la mirada y ahí estabas tú, como siempre tan sereno, como quien no quería ser encontrado. Era ese momento tan efímero como el viento pero que dura para siempre, consiguiendo que todo a nuestro alrededor se detuviera. Era la hora muerta porque no ocurría nada más, sino tú y yo.

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