martes, 19 de marzo de 2013

Miedo a despertar

                Me quedaré contigo hasta que duermas y al despertar en la mañana verás que no hay nada a qué temer –mencionó con tono sobreprotector, como un papá a su hija.
                Te equivocas – dije con voz entrecortada- a lo único que temo es que me despierte en la mañana y no estés a mi lado, que te hayas ido para siempre- Presioné mi cabeza contra mis rodillas, él no sabía qué hacer o qué decirme. Sólo me abrazó fuertemente, logrando que ese silencio junto con su cuerpo dijeran lo que necesitaba saber.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Crack

Dispara – me dijo.
                Yo no lo pensé dos veces y jalé el gatillo sin que me temblara el pulso, un disparo directo a la cien. No es por presumir, pero me veo provocativa con un revólver entre mis manos.
Hay amores que matan, el crack por ejemplo.
                Siempre he dicho que el amor y el odio van de la mano, tanto así que puede llegar a hacerte cometer locuras (o quizás más si están combinadas con adrenalina adrenalina fumada)
                No soporté verte encontrarte en la misma habitación, con otro cuerpo desnudo haciéndole casi lo mismo que al mío (tal vez hasta mejor)
….
                Lástima que desperté y aún seguías a mi lado con las sábanas enredadas entre las piernas… La mayor locura que he llegado a cometer es perdonarte después de todo, seguirte amando hasta con sobredosis de dopamina.

jueves, 7 de febrero de 2013

Carta para una desconocida


Querida Janice:

            Te escribo hoy, un 7 de marzo como cualquier otro, y mientras lo hago pienso en cómo sería volver a jugar con tu cabellera rojiza ondulada.
             Con estas palabras no pretendo que me respondas ni mucho menos que vuelvas, pero sí que recuerdes una historia. Una historia que comenzó con dos jóvenes llenos de casualidades e intenciones.
            Por cierto, ayer me paseaba por el parque –aquel al que íbamos todos los jueves por la tarde- y te vi a lo lejos sentada, observando al resto de las personas –como esperándome, buscándome entre la muchedumbre-. Han pasado ya dos largos meses tan largos que parecen años que no visitaba ese parque, realmente me sorprendió hallarte allí. En tu mirada había cierta esperanza de encontrarme; pasado un rato comenzaron a correr lágrimas por tus mejillas y te inclinaste hacia delante posando tu rostro entre tus piernas. No sé qué recuerdo vino a tu mente que te provocó tal nostalgia, pero luego hurgaste en tu cartera y sacaste una foto (no soy tan acosador para saber cuál de todas las que nos llegamos a tomar era).
            Ahora sé que me extrañas.
            ¿Recuerdas cuándo se enredaban nuestras caderas?  ¿Y tu sonrisa explotaba de placer? ¿Cuándo recorría tu piel blanca con  mis dedos y contaba tus lunares con mi boca? Sé muy bien que lo recuerdas.
            Noches salvajes desordenando la cama y remojándonos en la ducha. (Y te hacía el amor con palabras)
            Sin embargo, no fue solo placer. Fueron las sonrisas entre besos, despertar juntos cada mañana, preparar el desayuno y hasta quemar la estufa, pelear por lo hermosa que te veías en aquel vestido púrpura que no te gustaba y aun así usabas seguido, el labial rojo pasión que delineaba tus labios, las canciones de Nirvana que versionábamos, tu voz sólo tu voz lograba que mi corazón se acelerara y latiera más lento al mismo tiempo, el cannabis interfiriendo en nuestras neuronas, tu perfume Chanel que compraste en el primer viaje a París que realizamos juntos, tu desorden, tu imperfección, tus grandes ojos café, tus pecas, tu caminar, pero sobre todo lo que éramos cuando estábamos juntos.
            No fue un amor de película, por el contrario, fue el tras cámaras.
¿Nos aburrimos, quizás? ¿Nos comenzamos a fijar en otras personas? No lo sé, pero no soporto más pensarte tanto, revivirte en cada esquina de la habitación, ver tu rostro en cada persona que transita la conglomerada Av. Principal. Por eso, desde el momento que termines de leer esta carta serás  para mí  una total y completa desconocida.

Porque pongo punto y final a esta historia.

Att: El siempre amor de tu vida (Diego Cavalcanti‎)

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Ágata no tiene quién le escriba

                Ayer fui a comprar un gato –blanco- tan elegante como aquel vestido negro que tengo colgado en el armario ¿Por qué blanco? Respuesta fácil, para muchos el mundo es color rosa ¿Para mí? Bueno, para mí es tan blanco como los primeros copos de nieves que caen al principio del  invierno –sí, blanco porque no hay color que defina-. Entré a la tienda y ese pequeño minino me miró con ojos quebradizos, sabía que era él a quien quería como compañía en mis veladas y en la mañana observara sigilosamente como bebo la taza de café.  
                Mi mala suerte comienza cuando apenas pongo un pie en la calle y mi mirada siempre va directo a parejas que se están besando, tomando de la mano o abrazando. Pero ya estoy acostumbrada. No es más que una cólera momentánea porque ellos sean felices.
                Hoy estuve pensando, una mujer puede tener muchos hombres detrás de ella que le prometen la luna y el cielo pero no tiene por qué sentirse deseada o querida. Su mente y corazón estará en ese nombre innombrable, aplica para mí.
                Imperecederamente esperamos que el otro nos ame de la forma que imaginamos, creamos un mundo de fantasías: una utopía, y cuando la realidad te hace pisar la tierra y bajar de la nube duele, duele como caída libre en un pozo sin fondo. La historia que se comenzaba a escribir se borra, queda sólo un libro con páginas en blanco para ser llenado nuevamente y repetir el círculo vicioso.
                No espero que vuelvas, ni que me busques. Tampoco pretendo involucrar a alguien más en mi aquejada vida y arrastrarlo a ella. Sólo compré un gato blanco para no sentirme sola e incomprendida, porque todos necesitamos de vez en cuando un poco de compañía así sea sólo la de un animal.
                Porque desde que tú no estás, Ágata no tiene quién le escriba.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Dignidad de mujer

Alguna vez escuché de tu boca
“Las palabras son como un dardo”
Frase que retumba en mi cabeza mientras leo tu carta. Aquella carta que dejaste fríamente sobre la mesa un 20 de noviembre hace ya un año y tres meses. Pues sí, tenías razón, las palabras son como un dardo cargado de veneno, porque nada es más doloroso que una verdad expresada de tal forma. Ojalá fuese real eso de que “las palabras se las lleva el viento”, pero no es así…
El final de la carta comienza con estas líneas:
“Lo más probable es que me odies después de esto, pero tengo motivos que no entenderías”.
¿Odiarte? Sí, te amo y te odio al mismo tiempo…
¿No entender? ¿Acaso no llegué a leerte hasta los pensamientos?
“No sé cómo explicarte lo mucho que…”
Una mancha de café cubre las últimas cuatro líneas y todavía no he logrado descifrarlas –quizá lo hiciste adrede o fue sólo descuido-.
Sí, te marchaste esa mañana dejando tu ropa y tu perfume colgados en el armario que no se desprenden de ahí.
Justo hoy –sí, soy muy masoquista y lo sabes- decidí visitar aquella cafetería escondida en un bulevar de la Av. Principal donde nos conocimos de la manera más perfectamente ridícula que dos personas se pueden conocer y te vi, te vi sentado en la última mesa –como quien no quiere ser visto- En ese instante se me quebró la razón que caía junto con mi dignidad de mujer al piso. Después de un año y tres meses pude comprender, trágicamente, el porqué te marchaste así sin más.

Hoy te vi besando al que sería nuestro padrino de boda.

martes, 28 de agosto de 2012

Noche de cuarto y hotel

Me senté sobre la cama desordenada, desarreglada  acomodé mi cabello intentando peinarlo con mis manos torpes, revolqué mi cartera hasta conseguir una caja de cigarros, tomé uno y le di rosca al yesquero, dándole sólo dos jalones de humo terminé presionando el cigarro fuertemente contra el cenicero. Te observé dormir por unos instantes tienes el sueño profundo, pensé acaricié tu cabeza enlazando tus cabellos con mis dedos, me levanté de golpe y entré al baño, abrí la regadera con agua caliente, casi hirviendo me despojé de la ropa y tomé una ducha, en ese momento no pensé en nada mi mente quedó totalmente vacía como la de un recién nacido. Cerré la llave y volvieron otra vez las lucubraciones, cogí la ropa regada del piso y con ella me vestí sin prejuicios, como tú y yo. Me pinté los labios color carmesí, pasé el labial dos veces por encima de ellos haciendo énfasis en el surco quizás así lucirían más atractivos. Te vi tan callado como ausente que no quise molestar, salí por la puerta intentando escapar de aquella noche de cuarto y hotel.  

sábado, 25 de agosto de 2012

Tres y quince de la tarde: La hora muerta

Iba caminando descalza por el parque, llevaba en la mano esos tacones rojos (que tanto te gustaban). Sentía la grama y la tierra húmeda en cada pisada cuando un niño pasó corriendo a mi lado y por poco lo tropecé, se quedó mirándome  con esos ojos peculiares de infancia. Continué caminando y encontré a mi paso un hormiguero, las hormigas se movían desesperadamente porque estuve a punto de destruirles su hogar con mi pie desnudo  (por mi despiste). Miré hacia arriba queriendo observar el cielo, pero no hallé más que el azul celeste impregnado de radiación solar, bajé rápidamente la cabeza parpadeando una y otra vez para sacar lo encandilado de mi vista; divisé a los aledaños y logré comprender que es increíble todo lo que puede suceder en un mismo lugar, al mismo tiempo.
¿Nunca lo habías pensado?
Una mujer corre detrás de su hijo, el cual  va persiguiendo a su mascota, mientras que dos jóvenes enamorados con éxtasis de hormonas se besan sobre el mantel de un picnic, cinco universitarios sentados en círculo comparten un club de lectura sobre “Orgullo y prejuicio”, un hombre en solitario duerme bajo la sombra de aquel viejo árbol, una anciana le compra un helado a su nieto para que éste deje de llorar, y en ese preciso instante
(Con tu nombre en mi mente, pensándote)
Miré el reloj sujeto en mi muñeca que marcaba las
Tres y quince de la tarde.
 Subí la mirada y ahí estabas tú, como siempre tan sereno, como quien no quería ser encontrado. Era ese momento tan efímero como el viento pero que dura para siempre, consiguiendo que todo a nuestro alrededor se detuviera. Era la hora muerta porque no ocurría nada más, sino tú y yo.